viernes, 1 de julio de 2016

No hay mal que por bien no venga


Relato de mi viaje por Marruecos


Para llegar a la garganta de Todra tomé un micro hasta Tinghir y de ahí un taxi. El taxi era beige, grande -que son los que recorren distancias largas- y compartido; todas características fijas, no opcionales. Estuve mucho tiempo en la parada porque cada vez que llegaba un taxi todos corrían, se empujaban y algunos subían. El cansancio, el peso de la mochila y los 35° grados bajo el sol del mediodía me llevaron a tomar la decisión de seguir el conocimiento popular “a dónde fueres haz lo que vieres.”

El viaje costó 10 dírhams y el camino eran una sucesión de postales desérticas.  Viento, polvo y muchas ganas de captar esas imágenes: abajo, al costado de la ruta pueblitos áridos camuflados con la tierra.  El auto iba rápido y muy cargado, éramos tres personas atrás y tres adelante, contando el conductor. Mis fotos fueron mentales. Quería llegar al hotel, dejar la mochila e ir a conocer la garganta. El camino era único, por lo tanto pensé que podría sacar las fotos a la vuelta.


Garganta de Todra, Marruecos
Garganta de Todra


Pasé la noche en un hotel a pocos metros de la garganta de Todra y al día siguiente tenía que desandar el camino para seguir rumbo a Ouarzazate. En el desayuno le pregunté al dueño del hotel cómo podía volver al pueblo. Me dijo que la única opción posible era un taxi privado y costaría 100 dhírams.  DIEZ VECES MÁS DE LO QUE PAGUÉ A LA IDA. Le pregunté si podía compartirlo, para bajar el costo. Amablemente me explicó que no, ninguna de todas las personas que se peleaban por llegar ayer tenía que volver. Primera rareza, repito que la ruta era una sola, literalmente terminaba en la garganta y de camino a la ciudad había muchos poblados. Segunda rareza: mi taxi de tan exclusivo que era tenía copiloto. El dueño del hotel les dió muchas indicaciones en árabe.

Ya en camino como no podía sacarme de la cabeza los 100 dhírams estaba autoconvenciéndome de que el precio era justo, después de todo era exclusivo. Una parte mía quería que crea eso y olvide el asunto, la otra parte seguía enojada. Estaba en ese tironeo interno cuando veo que una persona nos hace seña para parar y el conductor le devuelve una seña de no.  Observé el hecho pero frené el impulso de sacar conclusiones bajo la premisa de contar con poca información. Pero a los pocos minutos vuelve a suceder lo mismo. Otra persona, mismas señas. Como el copiloto hablaba inglés le pregunté porqué no frenó y me contestó que no lo hizo porque era un servicio exclusivo. Y de repente entendí el árabe con total claridad ¡el dueño del hotel le dijo que me había vendido el viaje a 100 y que su comisión eran 50!

Ya llevaba más de una semana en Marruecos y mi experiencia con su gente era excelente, personas amables, generosas: buenos musulmanes (así se denominaron algunas personas con las que hablé, supongo que defendiéndose del prejuicio terrorista). Por lo tanto, Allah rige sus acciones pero la práctica me lleva a pensar que hace la vista gorda con los sobreprecios. 

Esa plata no modificaba mi vida pero el sentimiento de injusticia corría por mis venas y alimentaba la bronca que seguía creciendo. Estaba enojada y no quería estar enojada, estaba de viaje recorriendo el mundo. Entonces me propuse encontrarle algún aspecto positivo a la situación. Volví a consultar la sabiduría popular y el “al mal tiempo buena cara” no me convencía. Otro dicho dice “después de la tempestad llega la calma” pero como no venía decidí ir a buscarla. Costó pero finalmente tuve una idea.

Le pedí a los hombres que la próxima vez que una persona hiciera seña íbamos a parar el auto y a llevarla. 
–"No, es un viaje privado".
–"Por eso mismo, yo pago, es MI viaje y decido qué hacer". 
Mi situación no iba a cambiar, pero podía ayudar a alguien. 
Dos mujeres con vestimenta tradicional hicieron seña desde lejos, el conductor bajó la velocidad pero no frenó. Ante el incumplimiento del acuerdo utilicé un tono muy firme: -LES DIJE QUE PARARAN EL AUTO!!! (el original era en inglés). 

Ya estaba más tranquila cuando subieron las mujeres. Quería hablar con ellas pero mi falta de árabe no me lo permitió. Después de varios minutos de viaje, la mujer sentada al lado mío desató un nudo que había hecho en la punta de su velo y sacó de ahí ¡la moneda de 10 dírhams para pagar lo que valía el viaje! (confirmación de mi teoría). Me puse en modo comunicación humana global y mi mensaje fue, “no tienen que pagar, yo invito”. Sorpresa, agradecimiento y alegría de ambas partes.

Finalmente no hay mal que por bien no venga”.  En inglés, la traducción literal de este dicho es "every cloud has a silver lining“ (cada nube tiene un borde plateado). Me gusta mucho por la imagen visual que brinda, aunque yo cambiaría plateado por dorado. Y si justo tu nube no lo tiene, no importa, podemos pintarlo.
  
No hay mal que por bien no venga




Muy contenta de que este relato haya sido publicado en la edición impresa de la sección Turismo del diario La Nación del domingo 14 de agosto, 2016. El título naranja lo eligió el diario....

       








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