Perdida, encontrada y todavía pensando en FES

Relato minucioso de mi llegada a Fes, el tercer destino en Marruecos


Primera parte

Vivo en una ciudad de más de tres millones de personas, me encanta Buenos Aires y es mi mundo. Sin embargo, cuando salgo a recorrer "el mundo" (entre comillas) me gustan más las ciudades chicas. La típica, "quiero lo que no tengo." 

Al llegar a Fes me di cuenta de que, a juzgar por el tamaño, no pertenece al grupo de mi preferencia.

Para que esta imagen refleje mejor la realidad habría que colocar una o dos fotos más a cada lado. Desde arriba se ve así, por abajo son todas callecitas y pasadizos, no andan autos, solo peatones y burros de carga. Fes el Bali, declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO








Como no me gusta sentirme perdida había reservado un hospedaje en la medina (ciudad antigua) pero del lado de afuera, para que el taxi pudiera dejarme exactamente en la puerta. Nada de andar buscando el lugar por mis propios  y limitados medios. No quería vagar por horas cargando la mochila, en semejante laberinto.

Las ciudades anteriores de este viaje: Tánger y Tetuán las había recorrido por mi cuenta, pero Fes, con su inmensidad, me hizo sentir que no podía sola. Entonces le pedí al conserje del hostal que me busque un guía. Enseguida llamó por teléfono y al rato vino "Mohammed" a buscarme.

Le pedí que me llevara a los lugares más importantes de la medina y él omitía el NO pero me decía que íbamos a ir a ver 1. como teñían los cueros, 2. donde hacían las alfombras,  3. a una familia bereber que pintaba cuadros y 4. ya ni me acuerdo pero algo vendían. Insistí varias veces en que no quería ir a esos lugares porque no iba a comprar absolutamente nada. Pero poco importaba lo que quisiera, había una persona a cargo ¡y esa no era yo! Él caminaba rápido adelante y yo avanzaba lento porque sabía que iba para donde no quería, no era día de shopping y mucho menos de regateo.

Era un día gris, lloviznaba y mi humor no podía estar más a tono. Recién tuvo un pico de mejoría el instante en que subí a la terraza de una curtiembre. Nunca había visto como teñían los cueros (no, no miraba "el clon"-la novela brasilera). Parece maquillaje de gigantes: sombras de diferentes colores.




Te regalaban unas hojas de menta para tratar de tapar el invasivo olor a podrido, dije tratar.




No compré ninguna cartera ni ninguna campera de cuero y la próxima parada eran las alfombras. El guía me hizo unas señas de que se sentía mal de la panza y me señaló a un chico de unos 15 años que dejaba en su reemplazo. A él le dio indicaciones en árabe. No hace falta saber árabe para entender, le dijo que me lleve a otros lugares para venderme cosas. Con el chico nuevo no teníamos ningún idioma en común. Y a su parecer no era necesario, si el único propósito era que yo me fuera cargada con productos de Marruecos, bastaba llevarme hasta los vendedores donde tuvieran comisión y listo. ¡Pero el mío no era un viaje de compras!

Yo estaba abrumada por el tamaño de la ciudad, asustada por los pasillos lúgubres. Desorientada, insegura y sola. A la distancia sé que el disparador principal de mi malestar eran los prejuicios pero eso lo cuento con detalles en "Primera vez en Marruecos". A todo eso había que sumarle el enojo porque no tenía la visita guiada que esperaba y para colmo el sol que no salía.

Tanta tensión acumulada explotó en forma de llanto mientras sacudía mi reserva al grito de "I want to go back to my hotel". El chico me miraba con cara de espanto, sin entender la situación y mucho menos saber qué hacer con "esta" loca. Un señor que pasaba de la mano de sus hijas se acercó amablemente a preguntarme en inglés que me pasaba. Intervino como intérprete y me dijo que siga tranquila al chico que me iba a llevar al hotel.

Cumplió su palabra y atrás mío llegó el guía anterior para reclamar su paga. Me sentía angustiada primero y después estafada porque le pagué el total de lo que habíamos pautado cuando al haber colapsado no se cumplió esa hora de paseo. Pero quería cerrar el tema rápido y a otra cosa.

Más tarde me di cuenta de mi error inicial: tendría que haber insistido una y mil veces en que quería un guía matriculado y solicitarle la documentación para verificarlo. El que me llevó, era el primo del conserje.

Con el paso del tiempo estos malos recuerdos se fueron endulzando con las naranjas, el té de menta y pastelitos de miel que tanto disfrute al viajar por Marruecos.

En la recepción había un señor italiano de unos 60 años que captó mi fácilmente perceptible malestar. Se solidarizó conmigo y como hacía tres días que estaba en Fes me contó su estrategia para ubicarse. Fes es una ciudad medieval amurallada  y sus puertas de acceso están señalizadas. Entonces si yo seguía las indicaciones hacia "Bab El Guissa" hasta un punto específico y después me abría hacia la derecha llegaba al hotel. El mero hecho de tener un plan ya me dejaba más tranquila.



                  FesFes  


Una de las puertas de Fes


Segunda parte: 
Al día siguiente, una tarde soleada de abril estaba paseando por la medina, perdiéndome en sus mercados sin ninguna preocupación, disfrutando del viaje. Especias, porcelanas, lámparas, alfombras, zapatos, quesos y hasta palomas -ingrediente de un plato marroquí que me molesté en aprender a reconocer en las cartas para no pedirlo nunca. Andaba a mi ritmo con el CONSTANTE OFRECIMIENTO  (en mayúsculas, subrayado y en negrita) de sus vendedores: ¡Bienvenido! Ven a conocer mi tienda, ¿cuál te gusta? ¿cuántos quieres? ¡Precio barato para ti!


Mercado de FesMercado de Fes



Mercado de Fes




Mercado de Fes


Cuando sentí que ya había colmado mi cuota diaria de mercado empecé a emprender mi regreso aplicando el nuevo método. Cartel Bab El Guissa, cartel Bab El Guissa, cartel Bab El Guissa. Caminé derecho, doblé, volví a doblar, derecho, seguí caminando y de repente no había más carteles. Hacía horas que vagaba, estaba cansada y tenía un único deseo: llegar al hotel. La desorientación se reflejaba en mi cara y lo confirmaba el mirar compulsivamente un papel, con la dirección, que tenía en la mano, como si así, mágicamente, pudiera convertirlo en un GPS  o directamente me pudiera teletransportar al destino. Entonces se me acercaron unos chicos que estaban jugando a la pelota: "mamuasel mamuasel" y otros sonidos que no entendí pero sí entendí su intención de ayudarme. Les mostré el papel, pero como el hotel era chico pensé que no lo iban a conocer entonces remarqué "BAB EL GUISSA" y repitieron a coro "Bab El Guissa." Acto seguido, pelota en mano, todos en camino.

Cada tanto un "mamuasel" con intento fallido de interacción y seguíamos avanzando. Anduvimos por varios minutos en ese laberinto indescifrable hasta que los muchachitos contentos y victoriosos me señalaron un lugar "¡voilá BAB GUISSA!".

Sí, tenían razón. Pero mi hotel no quedaba ahí, los carteles eran una referencia parcial. Al reconocer mi error me paralicé yo di mal las indicaciones. Mientras se acerca un conserje de un hotel de muchas estrellas para ayudarme. Cuando le muestro el papel empieza a reprender a los chicos, sigo sin entender árabe pero su ceño fruncido hablaba lenguaje universal. Los chicos intentaban meter bocado, supongo que un: -"pero ella dijo Bab El Guissa," sin embargo terminaban bajando la cabeza y aceptando el sermón. El señor estaba muy disgustado porque habían guiado mal a un/a turista cuando, en realidad, había sido yo la única responsable. A todo mi malestar, agudizado por el paso del tiempo, le sumamos una tremenda culpa por el reto que se comieron los chicos.

Nueva propuesta: seguir la ruta que bordea la medina hacia la derecha. Por adentro se podía llegar más rápido pero había un requisito obligatorio que era conocer el camino a la perfección.







Los chicos insistieron en acompañarme y el conserje no mostró oposición. Emprendimos la caravana por el costado de la ruta, de un lado la medina, del otro el monte. Paradójicamente, me sentía responsable por estos chicos, yo que no sabía con precisión dónde estaba ni a dónde iba, ¿no era acaso la adulta a cargo? ¿Qué hacían estos chicos con una desconocida? ¿Sabían sus papás dónde estaban y qué estaban haciendo? ¿Y si les pasaba algo? ¿Qué pensaría yo si fueran mis hijos?

Ellos ajenos a mis cuestionamientos internos me pedían que les saque fotos.  Mitad de la caravana, los dos más chiquitos no posaron.



Finalmente, veo el cartel de mi hostería: ¡misión cumplida! La travesía llega a su fin pero no los interrogantes. Feliz les agradezco a los chicos por su excelente predisposición y su compañía durante la caminata pero, siempre hay peros ¿mis palabras debían estar acompañadas por una compensación económica, o bastaba el reconocimiento verbal? Había leído en varias guías de Marruecos la sugerencia remarcada de no dar propina a los chicos porque ese ir tras el dinero aumenta la deserción escolar.

¿Qué hago? 

¿Actúo y genero unas sonrisas brillantes y espontáneas sabiendo que contribuyo a reducir sus oportunidades en el futuro?

¿O convierto en frustración esos ojos expectantes y me siento la persona más mezquina del planeta mientras trato de convencerme de que era una buena decisión? 

Todavía sigo pensando cuál era la decisión correcta.

_________________________________________________________________________________

Una versión corta de este relato fue publicada en la sección turismo del diario La Nación el domingo 23 de octubre de 2016

Diario La Nación 23 de octubre, 2016 - Florencia Gonzalez Bazzano






Posts relacionados
No hay mal que por bien no venga
Primera vez en Marruecos
Fotos de Fes




Etiquetas: , , , , , , , , , , ,